La moda rápida se ralentiza en Berlín

La moda rápida se ralentiza en Berlín

El éxito de la fast fashion- (o _moda rápida) ha aumentado la longitud de la cadena de producción de moda de Europa. La producción textil se ha dispersado por muchos países en vías de desarrollo, lo que no impide que las empresas sigan compitiendo por encontrar mano de obra aún más barata.

Pero la distancia geográfica puede traducirse también en un alejamiento de los valores, ética e incluso gustos de los consumidores europeos.
Los empleados de la industria textil se encuentran a menudo muy lejos de los clientes para los que trabajan. Invisibles y sin poder para desafiar y cambiar las condiciones en las que están forzados a trabajar y vivir.

En un intento de recuperar el control sobre la cadena de suministro de moda, algunos diseñadores con base en Berlín están llevando de vuelta la producción textil a la capital alemana.
Han comenzado produciendo y comprando tejidos hechos en Europa, que tienen más calidad pero son más caros. Bonnie & Buttermilk, un dúo de diseñadores con base en Berlin Mitte, compran tejidos resistentes y de gran calidad a detallistas alemanes y holandeses, a veces también asiáticos.

Eike Braunsdorf, una de sus cofundadoras, confiesa que la decisión de crear la marca surgió de la incapacidad para encontrar los estampados y colores para los tejidos que ella y su socia querían.
Esto las llevó a decidir dibujarlos a mano e imprimirlos en pequeñas cantidades en la propia Alemania.
Los tejidos de Bonnie & Buttermilk tienen una etiqueta ecológica. Pero, en el competitivo mundo de la moda, no se pueden obviar el resto de costes. Eike explica que ella no utiliza algodón orgánico porque “los tejidos impresos en Alemania son tan caros que si fueran bio costarían el doble, y sería todavía más difícil producirlos en Berlín y competir con la ropa siempre más barata de las grandes marcas”.

Eike destaca que sus clientes aprecian la producción justa y son conscientes de que tiene un coste. Otra marca con base en Berlín, 1979, también adquiere todos los tejidos para las pequeñas ediciones de sus colecciones de trajes de baño dentro de la Unión Europea y con el certificado Oekotex Standard 100.

Suzanna Kuhlemann, su creadora, trabaja con tres proveedores, dos franceses y uno italiano, para obtener tejido de alta calidad, así como forros y accesorios muy resistentes probados con agua salada y cloro. La línea se fabrica en la ciudad alemana de Chemnitz, lo que la hace cara y exclusiva. Y, por tanto, un producto ajeno al mercado masivo.

De forma similar, Sadak, una empresa local de ropa informal, provocadora y de alta gama, consigue la mayoría de sus tejidos – 80% de algodón orgánico – en Italia y Alemania.

Estas marcas de producción local también trabajan independientemente de los ciclos industriales típicos. Sadak, por ejemplo, crea ediciones limitadas para cada colección todas las temporadas. Esto significa que no producen de más, y venden su ropa en tiendas multimarca de todo el mundo.

Sadak también ofrece diseños customizados para sus clientes más importantes, como Rihanna y Tyga. La marca encontró además un nuevo mercado en la fabricación de prendas para la segunda entrega de la saga cinematográfica de Los juegos del hambre.

1979 también cuenta con una línea de modelos permanentes que se añaden a los de temporada o de ediciones limitadas. Estos modelos permanentes son mejorados todos los años: Los estampados son puestos a punto y optimizados de acuerdo con el feedback de los clientes del año anterior. Los nuevos modelos se integrarán o no en la colección permanente según su aceptación.

Ante los altos costes de producción en Alemania, estas empresas alternativas tienden a tener pocos empleados que, eso sí, cuentan con los derechos laborales propios de la Unión Europea.
Saša Kovačevic, creador de origen serbio de Sadak, explica que su compañía emplea actualmente a dos trabajadores free-lance en el estudio, que cobran entre 1500 y 3000€ por dos semanas de trabajo.

El equipo de la fábrica de 1979 está compuesto por una costurera que corta la tela y diez personas que la cosen. Reciben sus salarios directamente de la empresa fabricante, que les ofrece contratos regulares que incluyen todos los beneficios por rendimiento, que siempre se encuentran muy por encima del salario mínimo.
La jornada laboral es de 6 o 7 horas. Todo el personal tiene más de diez años de antigüedad.

A pesar de los elevados costes laborales y de producción, existen ventajas clave para relocalizar la producción. Suzanna, de 1979, destaca que la comunicación en la producción local es mucho más fluida, lo que garantiza que se cometerán pocos errores, y que la logística, transporte, y gestiones aduaneras o legales serán más fáciles. “Lo fundamental es la transparencia que implica y que puedes verificar mucho más fácilmente si tienes las condiciones justas que quieres”, añade.“Y lo que para mí es más importante: Tienes la conciencia limpia sabiendo que has tomado la decisión correcta desde un punto de vista social y ecológico, y que puedes responder por tus productos”.

Según Eike, de Bonnie & Buttermik, otra ventaja es que la producción local es muy rápida. Su marca es capaz de producir una prenda en dos días en cualquier momento en que el cliente la necesite, siendo también capaz de ofrecer servicios personalizados.

Para Saša, la principal ventaja de producir en Berlín es ver y tocar el producto durante todo el proceso. Señala que prefiere tener el control sobre las impresiones y estampados, porque una empresa en algún lugar remoto del planeta puede no ser capaz de hacer las cosas de la forma que él desea.
Los precios de todo este proceso pueden ser hasta un 100% más altos que los de los productos fabricados en otros continentes, lo que lo hace especialmente difícil para las marcas más pequeñas.
“Muchas veces el precio del cosido es tan alto que un producto es demasiado caro para poder ser vendido al por mayor en otras tiendas. Su margen es tan alto, que el producto aumenta un 30%”, comenta Suzanna. “Esto es a menudo clave en la decisión del cliente, haciendo difícil que la marca sea rentable”.

Dado el elevado precio de venta de sus productos, las compañías que producen localmente permanecen como nichos industriales cuya clientela está compuesta casi exclusivamente por consumidores de gran poder adquisitivo.
Suzanna asegura que sus compradores son en su mayoría mujeres de treinta o cuarenta años “muy viajadas e interesadas en los asuntos internacionales, tienen un estilo de vida sadulable y sostenible. Siguen las tendencias de moda, han encontrado su propio estilo personal, aprecian la calidad y se preocupan por conocer el origen de los productos que usan”.

Todos estos empresarios continúan confiando en el sentido comercial detrás de la opción elegida. Eike destaca que mientras continúe aumentando el número de gente que está cambiando su modelo de consumo “comprando menos y centrándose más en productos especiales hechos de forma justa”, el público objetivo de la ropa producida localmente continuará aumentando.

Raluca Besliu

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